domingo, 12 de junio de 2011

no vale si no se dice:

Desafío en el Bicentenario del Paraguay.

Paraguay necesita recuperar la voz para dejar de vivir con el alma callada.

Pasaron los años, y hoy estamos ante nuestro Bicentenario. Cara a cara con 200 años de rica historia. Con efigies que recuerdan a grandes hombres que decoran nuestro ayer. Hombres que no dejaron de entonar la patria querida y de igual modo vivieron en coherencia con lo que se canta. Hombres que siguen manteniendo la frente erguida. Hombres que no perdieron el honor ni el amor. Pero, iniciemos este breve recorrido, saltando entre mojones, flameando el tricolor.

Imponente surca el cielo azul de esta patria, el grito vehemente que marca el hito de los 200 años, de nuestra gran historia. Historia forjada a fuerza de puño, mucho corazón, cuya analogía habla del amor a la tierra, de proverbiales hombres de pensamiento gallardo; incluso, desde las pasadas vísperas de aquel mayo de 1811. Toda una nación afligida por la sed de independencia, se zambulle y abreva en esa fuente de patriotismo para luego insuflar el pecho y expandir su grito atronador de la auténtica libertad. Nacía nuestro gran Paraguay.

Los paraguayos amaban a su balbuciente país. Es por eso que sus actos constituyen el mejor discurso. Entonces, se desprecia la sangre, y se prefiere la muerte. Así fue como se formó el espíritu guaraní. Aguerrido, alentado de un furor titánico cuando de la defensa se trate. A capa y espada, señores. Era el principio que se debía seguir. Crujiendo los dientes y a brazo partido. Defendiendo a ultranza, sin opción para el ultimátum. Empezaba inscribiendo su desconocido nombre en el contexto americano, en fino relieve, el Paraguay.

Muchos no comprendieron la determinación o autodeterminación de este pueblo. Él de al lado lloriqueó en un vano intento. Insistió, persiguió, hostigó, buscó ser imprescindible. Paraguay seguía su camino, mirando fijo el horizonte, sabiendo y reconociendo su tremendo poderío. Desde entonces, y sin pretender introducir una simple ola retórica, el eco de la voz que proviene del unísono canto retumbaba por todos lados: Sin yugos, sin cadenas, sin amos. Paraguay, lucía como aureola su libertad.

Algunos afirman que fue vencido. Este país no conoció la derrota sino el aniquilamiento de aquellos cobardes quienes pactaron la ruin coalición. Después, llegó el momento del ave fénix, y emergió de su destrucción. Y sobre ese agreste jardín aplastado, aparecieron las abnegadas mujeres, los heroicos niños, quienes seguían abrigando en sus venas lo poco de la sangre guaraní, pero suficiente. Aplicaron el bálsamo salvador a las heridas que dejaron los colmillos de las bestias al bravo Paraguay. Su libertad se coarta por momentos. Pero no lo pierde.

Así, pasaron los años, atravesando obstáculos, peripecias, grandes escollos. Pero, nunca bajaron los brazos. ¡Eso no! Sería deshonrar a López quien murió con la patria en la boca inculcando con ella los más sagrados valores. El Mariscal sabía que hay momentos en la vida de los hombres que el desafío es irrenunciable y avasallador. Ese pasado, así lo entendemos. Pero el desafío se renueva en otras cosas para los hombres de hoy. No olvidemos, estamos parados ante nuestro Bicentenario. Frente a frente, cara a cara, con 200 años de tremenda historia. ¡Se da cuenta! El compromiso es grande ¿No le parece?

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